jue. Abr 18th, 2019

Cuando las ganas de joder aprietan

La mar estaba movida, más que movida, encabritada diría yo (aún me pregunto por esa insistencia de los pescadores de feminizar el sustantivo, “pero si la mar es mujer, la mar  ‘enferma’, igual que las mujeres, una vez al mes”, me decía siempre el abuelo justificando la espuma que aparecía en los roqueríos y en las playas ante mi ráfaga de preguntas con las que lo atacaba cada vez que iba a su casa).

Los barcos anclados y amarrados a las boyas, se movían como artificios de papel en el bamboleo. Claro, la pequeña ciudad no tenía puerto de atraque, entonces había que tirar con remolcadores las lanchas maulinas para cargarlas y traerlas a las instalaciones del muelle. Más de una vez acompañé a mi padre en su trabajo. Me había acostumbrado a acompañarlo desde que fue guachimán, en la chata de la Grace, vigilando la carga transitoria en las lanchas que no habían alcanzado a ser bajadas a tierra… pero esa ocasión fue diferente…

Pocas veces el remolcador, que siempre me pareció de gran potencia (era que no, si arrastraba hasta cinco lanchones cargados), crujía tanto con las embestidas de las olas y el viento que, a cada rato cambiaban de dirección, hay que tener cuidado con el viento norte, hijo, nunca anuncia cosas buenas, haciendo difícil el control de dirección y velocidad para llegar hasta estribor de la gran embarcación.

-Mira, hijo, están descargando gallinas –me indicó.

En verdad, eran pollos a medio crecer, proyectos de gallinas y de gallos. En grandes jaulas de maderas, colgando de una pluma del barco, bajaban a cientos y cientos, con cacareos cortos, desteñidas sus rojas crestas, moviendo las nerviosas cabezas de un lado a otro. Algo de tranquilidad alcanzaban cuando era depositadas sus cárceles de madera en la superficie del lanchón. En eso estaba, mirando atentamente las variopintas y húmedas plumas de las aves, cuando escuché el grito y la orden de mi viejo:

-¡Agarra el timón, hijo!

Giré mi cabeza y dirigí la mirada hasta el timón… mi padre no estaba en el lugar… ¡mantén la dirección y acelera! Miré a babor y lo vi con medio cuerpo suspendido en el aire y con uno de sus fuertes brazos extendidos como queriendo alcanzar algo.

Sin saber qué era lo que pasaba me hice del timón (¡que orgullo sentí!) y moví la palanca de la aceleración hasta el fondo… el ruido del motor fue tan fuerte que me dio miedo que reventara por cualquier lado. ¡Gira todo a estribor, todo, todo, que vamos a chocar con el barco! La mole de fierro se me venía encima, era una muralla gigante, oscura, amenazante… Mi padre dio un salto hacia atrás y quedó recostado en la cubierta. Por segundos no fue apachurrado entre el remolcador y el barco. Rebotamos, literalmente rebotamos gracias a los viejos neumáticos que cuelgan de los lados de la pequeña embarcación… ahí alcancé a divisar decenas de pollos desesperados hundiéndose en el agua fría y oscura. Una de las jaulas se había roto diseminando por doquier esos pequeños seres indefensos que, en su desesperación, sólo atinaban a abrir el pico… ¡gira, gira, sigue igual! Ya estaba mi padre, otra vez, con su medio cuerpo hundido entre las olas amenazantes… así estuvo unos segundos, demasiados diría yo que comenzaba a preocuparme, hasta que, como impulsado por un resorte inexistente, quedó en la cubierta con un montón de plumas mojadas entre sus manos…

-¡Alcancé a agarrar uno!, me dijo a modo de explicación mientras intentaba secar y hacer entrar en calor al inanimado cuerpo plumífero que estaba en sus manos. Lo frotó fuerte, rápido… y, acto seguido, junto con llenarlo con bocanadas de su aliento tibio comenzó a soplar por el pico de ese ser que se veía más minúsculo que nunca…

-Lo abrigaré y pondré en el motor… tal vez su temperatura ayude a recuperarlo…

Pasaron los minutos, un par de horas diría yo, hasta que no quedó ni una jaula más que bajar del barco. Íbamos de regreso al muelle para descargar los pollos cuando un ruido al interior de la cabina del motor llamó nuestra atención…

-¡Se salvó!, dijo mi padre ingresando a buscarlo y continuó: Llevémoslo a la casa…

-Pongámosle Moisés, dije para demostrar mi aprendizaje de las clases de mi primera comunión que ya se acercaba… por salvado de las aguas, rematé, intelectualizando la proeza recién realizada por mi progenitor.

-Mejor pongámosle Toribio, por lo de náufrago, me aterrizó de una sola frase.

(Claro. Mi viejo era fanático de las revistas con dibujos y fotografías. Sus ojos devoraban Los Pingüino, los Can-Can, los viejos Topaze y la revista “Pobre diablo”, de corte humorístico picaresco, en la que destacaba un personaje llamado Toribio, que se salvaba de un naufragio y sobrevivía en una isla. El Toribio creció, pero jamás aceptó estar encerrado en el gallinero familiar. Una vez al día, mi madre lo dejaba ingresar por eso que insistía mi padre y que repetía siempre: cuando las ganas de joder aprietan ni el poto ni los muertos se respetan. Satisfechos sus instintos aleteaba y aleteaba en la puerta de la cárcel gallinácea hasta que se la abrieran y caminara fachoso, por todo el patio, luciendo su porte y su roja e inmensa cresta. Un día, naturalmente, partió. De viejo. Nunca estuvo en los planes maternos meterlo a una olla y transformarlo en cazuela. Mal que mal era responsable de un sinfín de huevos con yemas super anaranjadas que habían aportado al desarrollo saludable de cuatro hijos y al aumento de la población gallinácea).