jue. Abr 18th, 2019

De buena educación

Es de buena educación –y mi madre decía que yo era muy educado- partir agradeciendo.

Entonces, para no contradecir a la Lila, quiero agradecer la ocasión que me permite conversar con ustedes a la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Arica y Parinacota, al Consulado General de Bolivia en Arica, a la Universidad Santo Tomás, a la Antropóloga Social María Francisca Basaure Aguayo, y, en especial, a mi ex profesor de Antropología Audiovisual, amigo y compañero de sueños, Bernardo Guerrero Jiménez…

Dos cucharadas y a la papa, insistía Pancho Barrios, mi viejo querido, cuando yo agarraba vuelo en la mesa familiar…

¿Pensaría el flaco Soto, que al marcar los primeros compases, por allá, en 1942, se estudiaría, alguna vez, que los pasos del baile de morenos, ese, el de la oficina Victoria, como representativo de los pies encadenados de los negros esclavos traídos por los españoles?

¿Reflexionaría el chileno González, que en más de alguna clase, disertación, charla o presentación de libro, se diría que el traquetear de las matracas sería asociado al sonido onomatopéyico de las cadenas con las que inmovilizaban a los negros?

Obviamente que no, bajo ningún punto de vista.

Al bailar no se piensa ni se reflexiona. Se vive.

El devoto, bailarín, promesante, promesero está preocupado de otras cosas: de bailarle bonito a la imagen de la virgen, a la del santo patrono, de que la fila esté derechita, que los movimientos encontrados estén en perfecto contraste con el que va en la fila opuesta, que el terciado vaya en la dirección correcta, también diferente al de su similar de la fila de al lado… o, tal vez, en alguna parte de su memoria histórica, colectiva, está escrito, grabado, señalado que el par, que la dualidad es el equilibrio perfecto…, pero ese es otro tema…

Furio Jesi, historiador y ensayista social italiano, afirmaba que “…vieron a los diversos, pero no vieron lo que los diversos estaban viendo. Los vieron ver, pero no vieron el objeto de la visión”. Esta aseveración tan clara, nos habla de la imposibilidad de ser parte de una comunidad sin participar de ella como sujeto activo. Al plantear Jesi esta situación se refería a que los primeros etnógrafos y antropólogos, frente a los “fenómenos culturales” de las comunidades denominadas “salvajes”, adoptaron una postura de espectadores y, precisamente, en razón de aquella actitud no percibieron la esencia de la cotidianeidad.

Y aquí, hoy, convocados, provocados, religados con la rotunda interrogante que nos desafían, desde las primeras páginas del libro, Bernardo Guerrero y María Francisca Basaure, “La victoria de Los Morenos”, aquella de ¿Cómo es posible que aún exista un baile que se sigue adscribiendo a un territorio como la oficina salitrera Victoria que ya no existe?, nos dice que sólo es posible entender la otredad siendo parte de esa otredad, siendo sujeto activo, con observación participante (¡qué lección para la política de hoy día!)… siendo, aún no estando…

Fidel Sepúlveda Llanos, chileno, en su exquisita retórica abordó –más de una vez- aquello del “ser” y del “estar”.

En términos de identidad o de referencia individual respecto a la pluralidad de la comunidad, se “es” y se “está” naturalmente en el tiempo y en el espacio compartido con otros iguales. El tiempo y el espacio le entregan al sujeto la identificación con lo propio que es, al mismo tiempo, lo de los demás, con lo adquirido y con lo proyectado de comunidad compartida. No se puede “estar” sin “ser”. Es decir, el individuo puede “estar” en un lugar determinado, pero si no se asume culturalmente “voluntario” con la historia y con la tradición de ese lugar, no llega a integrar el “ser” de la comunidad correspondiente. Por el contrario, al no pertenecer a ese espacio –que es, paralelamente, vida y proyecto de vida- debe pertenecer a otro con su propia historia y su propia tradición que le permite “ser” aún en la distancia. Entonces, se puede “ser” sin “estar”. Se puede tener presencialidad sin inmediatez y presencialidad en la distancia, sin que esto signifique ausencialidad del ser.

Los residentes extranjeros en nuestro país, por ejemplo (y los hermanos bolivianos están ahí, acá y allá para demostrarlo), sin “estar” siguen “siendo”, perteneciendo a la identidad de la cultura que les formó, sin dejar de lado sus festividades y sus celebraciones. Los aymara migrantes, los nacidos y criados en la pampa salitrera, sin vivir diariamente en sus pueblos los primeros, o no teniendo ya pueblos los segundos, mantienen las creencias y los recordatorios de sus fechas más importantes, participando activamente de lo histórico y lo tradicionalmente propio, y manteniendo lo que fueron sus antecesores y lo que serán ellos y sus hijos, en el sentido de pertenencia, último fin del “ser” y que da sentido a la existencia.

El cientista social mexicano, Gilberto Giménez, define los territorios como “escalares” estructurados desde lo más cercano a lo más lejano, como círculos concéntricos en el que el círculo más pequeño representa el hogar y la familia, luego, la calle, el barrio, la población, el sector, la comuna, la provincia, el país, etc., etc., entregando los elementos básicos para las construcciones de identidad y los sentidos de pertenencia. Desde mi particular análisis, existe un “territorio” mucho más cercano a cada uno de nosotros: el “territorio interior”, depositario de lo aprendido y aprehendido, de las memorias históricas, de los imaginarios colectivos y de las cosmovisiones particulares. Los territorios externos (entendiendo por territorio los espacios transformados por el ser humano) pueden variar en el transcurso de la vida, pero no así los “territorios interiores” que acompañan a cada persona a cualquier lugar. Es el caso de los migrantes, de los exiliados, de los desterrados, de los trasladados… de los victorianos…

“Adelante, salitreros,

Que el empuje tenaz

Que es espejo de un pasado

De grandeza sin igual,

Todo Chile nos aplaude

Con afecto y lealtad

Y si tu nombre es Victoria

La victoria volverá.

Muchas gracias.