mar. Feb 19th, 2019

Honor y gloria a los caídos en la Escuela Santa María de Iquique

Miles de trabajadores, chilenos, peruanos, bolivianos, obreros del salitre, con sus esposas, con sus hijos, bajaron hasta “el Puerto Grande”, después de una serie de movilizaciones en sus respectivas Oficinas Salitreras, demandando mejoras salariales, jornadas de trabajo justas, seguridad en las faenas y, sobretodo, respeto a la condición humana.

Patricio Barrios Alday

Los tic tac de los relojes enmudecieron ante la orden de descarga de metralla. El sol de Iquique, levemente inclinado hacia la línea del horizonte, determinaba que eran las 15:45 de ese inicio de verano de 1907.

Miles de trabajadores, chilenos, peruanos, bolivianos, obreros del salitre, con sus esposas, con sus hijos, bajaron hasta “el Puerto Grande”, después de una serie de movilizaciones en sus respectivas Oficinas Salitreras, demandando mejoras salariales, jornadas de trabajo justas, seguridad en las faenas y, sobretodo, respeto a la condición humana.

Dice Sebastián Jans, en su obra “El desarrollo de las ideas socialistas en Chile”: “En general, las reivindicaciones que levantaron los obreros de la pampa, en diciembre de 1907, fueron las mismas que provocaron el sangriento desenlace de 1890. Las fichas con las que se pagaban los salarios, se habían desvalorizado entre un 20 y un 40 por ciento de su valor nominal. El monopolio de las pulperías o almacenes, seguía siendo otra importante fuente de ingresos para las compañías propietarias de las oficinas salitreras. El salario real de un obrero salitrero no superaba los 2,5 pesos diarios, lo que constituía un ingreso misérrimo. Los malos tratos y los castigos corporales, entre los cuales estaba el cepo, donde se amarraba al obrero castigado por el cuello o los tobillos, dejándolo horas o días bajo el sol”.

El desierto los vio transitar con la energía y la alegría de las convicciones, de la lucha verdadera, con la ilusión dibujada en cada rostro, apretada en cada mano que ayudaba a la otra para apurar el tranco, para conseguir pronto lo anhelado, lo soñado, lo que en rigor absoluto les correspondía.

No importaba la nacionalidad, no importaba el lugar de origen, no importaba el reciente término de la Guerra del Pacífico y el anunciado Plebiscito para determinar la pertenencia de Arica y de Tacna. Se había fraguado, a golpe de chuzo, a trueno de tiro, la más grande de las solidaridades e integraciones obreras, por sobre los intereses geopolíticos de los Estados. La historia registra que la gran cantidad de trabajadores peruanos que laboraban en la pampa, autorizados a retirarse por gestiones del Cónsul del Perú ante las autoridades chilenas, se negaron a abandonar a sus compañeros huelguistas.

Los informes oficiales, tanto del Intendente Eastman como del General de Brigada, Roberto Silva Renard, consignan cinco mil personas al interior de la Escuela Santa María y dos mil en sus alrededores, que no aceptaron retirarse al antiguo hipódromo iquiqueño, como pretendía negociar Eastman para alejarlos del centro cívico de la ciudad el que, además, no era escuchado por los empresarios del salitre en la búsqueda de una solución al conflicto.

La decisión estaba tomada de antemano. Había que “escarmentar” para que en Antofagasta no sucediera lo mismo. Nunca estuvo, en realidad, la disposición de acceder a las demandas obreras. El dinero, una vez más, entregaba la última palabra. A la orden de fuego de Silva Renard, las ametralladoras bajadas del crucero “Esmeralda”, ubicadas frente a la escuela, y los piquetes del Regimiento O’Higgins, empezaron a vomitar su bilis de muerte.

Relatan los antiguos iquiqueños, dueños de la transmisión oral de la verdad, que “corrían verdaderos ríos de sangre por la calle Latorre”, que en la noche, ocultas en la oscuridad, “salían carretas y carretas con trabajadores asesinados”. Obviamente, las cifras de muertos y heridos no calzan. Silva Renard, en su informe oficial, consigna 140 fallecidos. El Cónsul norteamericano, en la comunicación formal al gobierno de su país, dice que “la escena después fue indescriptible. En la puerta de la escuela los cadáveres estaban amontonados, y la plaza cubierta de cuerpos”. El corresponsal de “The Economist” informaba de 500 muertos. Un suboficial del Regimiento “Carampangue” determinaba que, en su guardia nocturna, contó novecientos cadáveres. Los historiadores contemporáneos estiman que entre dos mil y tres mil quinientos, hombres, mujeres y niños, fueron masacrados, mientras los tic tac de los relojes eran acallados por el rugido de la muerte.

Rugido que llegó desde el vientre de la intolerancia, desde la insaciable explotación del gran capital, desde la discriminación más absoluta, desde la insensibilidad social, desde aquellos que siguen creyendo que existen ciudadanos de primera y de segunda clase. Desde los que están convencidos de que todo en la vida tiene un precio… Las vidas humanas y el futuro no lo tienen.

Van estas líneas en conmemoración de los mártires de Iquique, de los soñadores y de los constructores de nuevos días, hoy 21 de diciembre, que se cumplen 111 años de su inmolación, sinónimo de consecuencia y convicción.