mié. Feb 20th, 2019

Y te parecías tanto a Pablo

Saltaste desde el libro de Neruda y te metiste como duende de imprenta entre las páginas del diario y me desordenaste los titulares y cambiaste las noticias y perdían, por primera vez, los malos y ganaban, también por primera vez, los buenos, y el titular de la primera página no hablaba de tragedias, sino de aquel extraño especímen políticus chilensis que no había aceptado el nombramiento de su partido porque no se sentía capaz de desempeñar bien el cargo ofrecido a pesar del buen sueldo y los viáticos al extranjero.

a Dirk de Witt, el cura de Corral

No. No es que no me acuerde de ti. Pero es que ayer me tomaste literalmente por asalto. Caminaba revisando el diario para enterarme de los últimos ganadores de los cargos en la tómbola partidaria, cuando, mientras puteaba al malabarista ése que inventó lo de los equilibrios políticos, me miraste con tus ojos suavizados en los molinos de tu tierra holandesa. Allí estabas, agazapado cual felino para sorprenderme.

Y lo lograste. No te esperaba en ese momento y menos en ese lugar. De un libro de Neruda, casi abandonado en la vitrina de una librería con tantos tratados de horóscopos occidentales y orientales (hay que reconocer lo democrático que son los libreros), del fin de la historia de Fujuyama, del vendedor más grande del mundo, de cómo enfrentar el éxito, de cómo hablar mejor, hacer el amor mejor, cocinar mejor, dejarse explotar mejor, saltaste con tus ojos de Pablo, con tu sonrisa de Pablo, con tu segura calma de Pablo. ¿Qué quieres que te diga? De verdad que me impresionó encontrarme contigo esa primera vez bajo la lluvia veraniega en el terremoteado pequeño puerto del sur. Hasta pensé que los golpes me habían atrofiado la vista y mi desarrollada capacidad de observación.

Definitivamente te parecías a Pablo. Me viste llegar mojado como diuca hasta la puerta de tu casa y me recibiste con un abrazo cálido (no te imaginas cuánto lo necesitaba) sin conocerme, sin saber si era o no era verdad lo que se decía de mí. Tu abrazo me desarmó. Fue el alto al fuego que no consiguieron ni los retóricos discursos de la paz nacional, ni  los comentarios hipócritas del cura del canal trece, ni los ruegos y llanto de mi madre ni el gran dedo acusador y heredero de las inquisiciones eclesiásticas de toda mi familia. Fue tu abrazo el que me sacó la coraza pedazo a pedazo. ¡Qué tal, compañero!, me dijiste clavando en mis ojos la misma mirada con la que me sorprendiste ayer y, ante mi (seguramente estúpida) cara deformada por tanto aletazo de preguntas sin respuestas, me ofreciste tu mesa, tu comida y tu cama. Esa misma cama de nuevecitas sábanas celestes que me acogieron suavemente en el primer sueño de no sé ya cuántos días, ésas que te arruiné porque te hice caso, porque me relajé tanto que hasta mis conductos seminales se abrieron y tuve mi primera eyaculación nocturna en pleno día y huérfana de sueños eróticos.

Reconozco que ayer me incomodé cuando te apareciste de pronto. Es que las sorpresas no me gustan mucho. Más bien no me gustan nada. Después de estar amarrado y encapuchado y escuchar voces no sabes de dónde y recibir golpes sin darte cuenta de dónde y que te saquen a las cinco de la mañana y te suban a un camión y te lleven quizás adónde, es como para que a uno le dejen de gustar las sorpresas de una vez y para siempre. En todos estos años habías llegado tranquilamente. Así me había acostumbrado a encontrarte. No de repente. No como cuando, a los días de haber llegado, me abordabas sorpresivamente haciéndome toda clase de preguntas sobre la cuestión política y yo callado, como cuando me tirabas aquello de que la situación era culpa de los partidos chicos que disgregaban las fuerzas y permitían la debilidad del pueblo y yo callado; y que el emedepé y que la alianzademocrática y que la convergenciasocialista y te quedabas mirándome para ver mi reacción y yo callado. Y yo sabía que te preguntabas que por qué crestas estaba yo allí si no tenía idea de nada. Y les comentabas –yo lo sabía- a tus discípulos seminaristas que me habían detenido mal, que de seguro alguien me había querido perjudicar y había entregado datos que no se ajustaban a la realidad y que por eso estaba donde estaba, todo machucado por casualidad o por ajena causalidad, como tantos otros que habían caído porque el vecino les tenía mala o porque el esposo engañado quería alejar al patas negras para siempre. Es que ¿quién me aseguraba que no eras de la misma estirpe del famosito religioso de la tele católica? ¿Quién me aseguraba que no eras de los que daba la comunión obviando la confesión? Y te reíste con tu risa de Pablo cuando te lo dije y, entonces, te lancé al tiro mi prontuario particular acumulado desde los tiempos de cabro chico rebelde, desde los tiempos del primer piedrazo en la cabeza del hijo del marino del barrio cuando dijo que todos los obreros no servían para otra cosa que para limpiar mierda. Y mi padre era obrero, y mis tíos eran obreros, y mis abuelos habían sido obreros, y yo no acepto que nadie se meta con mi familia.

Saltaste desde el libro de Neruda y te metiste como duende de imprenta entre las páginas del diario y me desordenaste los titulares y cambiaste las noticias y perdían, por primera vez, los malos y ganaban, también por primera vez, los buenos,  y el titular de la primera página no hablaba de tragedias, sino de aquel extraño especímen políticus chilensis que no había aceptado el nombramiento de su partido porque no se sentía capaz de desempeñar bien el cargo ofrecido a pesar del buen sueldo y los viáticos al extranjero. Y me perdiste entre la realidad y la ficción, la buena ficción, esa de volver a creer en los representantes electos, en los partidos políticos, en las competencias deportivas, en el rosario de mi madre, en el vendedor de pescado fresco, en el almacenero justo con el kilo y con el gramo. Porque me recordaste aquella vez que me dijiste, frente al delicioso vino tinto que se adormecía en sendos vasos sobre la salamandra de tu casa, que los que no creíamos teníamos más valor que los que creían, y me explicaste que los que creían hacían el bien en la tierra porque esperaban el premio de la vida eterna y que los que no creíamos lo hacíamos igual, pero sin esperar nada a cambio y que por eso éramos más valiosos, porque no esperábamos recompensa alguna. Y yo te dije que cómo cresta se te ocurría decir semejante huevada, pero igual me quedó dando vueltas en la cabeza tu manera honesta y transparente de entender la religión, tu religión que, desgraciadamente, no es igual para todos los que, como tú, optan por ese ya casi arqueológico hábito de amar a los demás. Y ahí me cayó la teja de que me habías asaltado para insistirme que recordara que no todo lo que brilla es oro y que no todas las palabras se compadecen con la realidad, y que sucedió igual con Aylwin y con Frei y que por qué no con Lagos y que la cuestión era igual que con los creyentes y los no creyentes que esperan y no esperan nada a cambio, sólo que la sociedad de libre mercado ha postergado la discusión de la vida eterna por el cargo inmediato, por el nombramiento inmediato. Y qué quieres que te diga, así siguen siendo la cosas.

Y no sé si fue el viento que sopló muy fuerte o yo que di vuelta las páginas muy rápido. La cuestión es que desapareciste del papel entintado y ni siquiera te encontré agazapado en el libro de Neruda en la vitrina de la librería.

Ya sabes. No es que no me acuerde de ti, más aún después de que me enteré de tu partida. Ahora eres dueño de toda la verdad, de la que defendías tú y de la que defendía yo, ahora sabes si existe o no la vida eterna, ahora conoces cuál de los dos tenía la razón. Una vez más estás en ventaja. Yo, sinceramente, espero que hayas estado equivocado, no por el efímero afán de vencer en una contienda intelectual. Es que no sabes cuánto me gustaría que tu energía se pudiera hacer presente en otro cuerpo para poder disfrutarte una vez más o, por último, que fueran otros los que te disfrutaran. La cuestión es que te hayas ido para volver. Como cuando te subías a esa divertida motocicleta, pequeño artefacto bajo tu corpulenta humanidad parecida a la de Pablo y te despedía diciéndote que regresaras pronto porque no me gustaba quedarme solo. Por eso es que estoy parado aquí, frente a la librería del democrático librero, con casi cinco diarios leídos y muerto de hambre, pero más muerto de rabia, más de desilusión, más de incredulidad y medio bizco mirando de reojo hacia la vitrina y el libro de Neruda.