jue. Abr 18th, 2019

En toda la región de los Andes las distintas comunidades han sido capaces de aprovechar cada piso ecológico para la agricultura y la ganadería. Así, el intercambio de productos de altura, precordillera, valles y costa se ha transformado en  una constante milenaria que les ha llevado a reconocerse complementarias y necesarias para la subsistencia.

Hace ya casi cuarenta años, recorriendo el fértil valle de Codpa, en la comuna de Camarones de la provincia de Arica, Chile, conocí a Cándido, un sonriente aymara, oriundo de tierras más altas, que habíase avecindado por amor en esas tierras precordilleranas. Cada vez que recuerdo su historia, contada con el entusiasmo del enamorado, lo veo mostrando sus blancos dientes entre los cuales se le aborbotonan los adjetivos y las hipérboles aunque él no lo sabe y, claro, tampoco le interesa.

Confundido entre decenas de animales, feliz como los más pequeños, Cándido bajaba desde las alturas en la comitiva negociadora del más justo de los sistemas de comercio. Claro, la reciprocidad era el hilo conductor de todo lo que había aprendido de sus padres y sus abuelos, y ellos –a su vez- de los propios por lo siglos de los siglos. Era tiempo de carnavales. Las primeras lluvias y la sed de la tierra así lo demostraban, pero por sobretodo lo sentía en su cuerpo, en la velocidad de la sangre que en su loca y ruidosa carrera sementera lo despertaba en las noches maravillosas del altiplano. Le habían hablado tanto de las mujeres “de más abajo” que apuraba el tranco sin darse cuenta hasta que el jefe de la caravana le llamaba al ritmo establecido.

Los animales se entregaron rápido a cambio de buenas cantidades de hortalizas, orégano, mucho maíz, algunos colorantes para el teñido de las llijllas y cañas de diferentes diámetros para construir las pusis que reproducirían los sonidos enseñados por el seren uywiri.

Tal vez adivinando la ansiedad de Cándido, el caravanero mayor le instruyó para que lo acompañara a buscar el pintatani a una pequeña y protegida quebrada que entregaba frutas deliciosas y una uva particularmente dulce con el que preparaban la especial bebida alcohólica. El hombre conocía el pueblo y lo consideraba un lugar donde se concentraba tal belleza femenina que sólo se le podía comparar con la particular alegría de sus danzas y competencias carnavalescas.

A medida de que las voces, las risas y los cantos parecían más cercanas los ojos de Cándido se hacían cada vez más grandes en la misma proporción que se abría su boca dejando ver unos grandes y blanqueados dientes a punta de coca y ceniza allá arriba, en los bofedales, mientras pastoreaba por semanas enteras las  llamas y las alpacas.

“Zapatea lindo, palomitay, agüita colorada”, ordenaba el cantor en el centro cuando la vio. Allí, con sus ojos negros brillantes como la noche estrellada y sus caderas moviéndose como las quiblas en época de apareamiento, estaba la Tomasa. Allí, con una sonrisa tan luminosa como la más de las estrellas fugaces, cantando, bailando, zapateando, llenando todos los espacios que recién Cándido empezaba a reconocerlos.

Cuando el cantor cambió el ritmo y verseó la invitación para el baile tradicional del pueblo muchos jóvenes recogieron membrillos y sacaron a bailar a las mozas que no se hacían de rogar. “A bailar saliste, a bailar saliste…”. Fue el momento en que la Tomasa vio a Cándido que ya se le acercaba con los membrillos en sus manos para arrastrarla suavemente al centro de la plaza. Cándido había observado rápidamente a las parejas desplazándose y –formado en la imitación constante- se dijo que no sería difícil jugar en ese baile. La Tomasa se sonrió de una manera especial… las otras parejas y la gente mayor que observaba también. La danza consistía en lanzarse membrillos, al ritmo y mandato del cantor (“toma membrillazo… ¡toma!”) a la altura de las rodillas. La mujer podía saltar y cubrirse las piernas con su vestido para impedir el golpe, pero el hombre debía mostrar estoicamente su rodilla para que la pareja pudiera lanzar el membrillo correspondiente.

Cándido erró todos los tiros. La Tomasa acertó cada uno que lanzó y en la misma rodilla. Antes de que terminara el cantor (“toma menbrillazo… ¡toma!”) la rodilla derecha de Cándido ya mostraba una inflamación considerable que en la práctica le impedía moverse… en esa esmirriada condición los dos últimos membrillazos “tomasinos” reventaron exactos en el mismo lugar de la hinchazón. Lo que no sabía ni se imaginaba Cándido es que la Tomasa era la mejor y más certera bailarina de la danza de los membrillos en el pueblo… no había otra como ella.

No pudo volver con el caravanero ni caminar por varios días. Las atenciones de la Tomasa, el cuidado especial en la rodilla y la cura para la hinchazón del corazón terminaron por embobarlo completamente y robarlo para las nuevas tierras quebradeñas.

Patricio Barrios Alday

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